Pablo Iglesias Aunión
Cronista Oficial Puebla de la Calzada
Leer es hoy tan necesario como lo fue siempre, aunque entre nuestros jóvenes se haya convertido, dolorosamente, en una costumbre en extinción. Lo comprobé hace poco, al regresar de las vacaciones, cuando pregunté a mis alumnos cuántos libros habían leído. Las respuestas apenas superaban los dos o tres por aula, y rara vez más de un título por estudiante —cuando ese único libro había llegado, siquiera, a su última página—. El dato, más que sorprender, obliga a pensar.
Y, sin embargo, en ocasiones habría que conceder cierta razón a quien se declara ávido de lectura y, aun así, se siente defraudado. Porque no todo depende del «hábito», sino también de «la oferta»: de a quién se lee y qué se lee. Originalidad o repetición; sustancia o vacío; creación o plagio. Demasiado a menudo se nos sirve lo mismo de siempre, disfrazado de novedad, o se pretende dotar de valor incuestionable a las cosas de ayer solo porque ocurrieron ayer.
Eugenio de Nora (1923–2018), poeta y crítico literario, uno de los nombres imprescindibles de la poesía social española de mediados del siglo XX, filólogo y profesor universitario —como no podía ni debía ser de otro modo, lo de docente digo—, galardonado con el Premio Castilla y León de las Letras en 2001, lo expresó con una lucidez difícil de superar:
«Yo no canto la historia que bosteza en los libros, ni la gloria que arrastran las sombras de la muerte. ¡España está entre nosotros!».
No se trata, pues, de negar la historia, sino de rechazar la historia inerte, momificada, aquella que se repite sin alma y sin preguntas. En esta misma línea reflexiva que apuesta como lo hace Eugenio de Nora, se sitúan historiadores de la talla de Ricardo García Cárcel y José Manuel González Vegas, quienes en su magistral y muy recomendable Breve Historia de España (Espasa, Madrid, 2016) plantean una cuestión tan sencilla como incómoda: ¿debe escribirse la historia de España en singular o, más honestamente, hablar de las historias de los españoles?
Traigo esta reflexión a colación porque asombra la facilidad con la que algunos, al hilo de una noticia aislada tomada de un libro, un anuario, una revista o un periódico, se lanzan a la peligrosa aventura de “escribir” —peligrosa, al menos para quienes creemos que escribir exige responsabilidad— un relato histórico que presentan como erudito. No advierten que reinciden, una vez más, en una invitación al desinterés: una historia exclusiva, enaltecedora y presuntamente brillante, que siempre es la misma. La de los reyes y los héroes, la de la nobleza y el alto clero, la de los poderosos y los señoritos.
Queda fuera de ese relato la historia del arado y la oveja, de los viajes marítimos y la burocracia, de las leyes y los oficios, de los libros —pero de los originales, no de las copias ni de los plagios que pretenden ocultar su condición bajo reducciones y atajos—. Una historia que no alardea, pero explica.
A veces, al leer a estos autores apresurados, uno tiene la sensación de que siguen creyendo que España empieza en los Pirineos y termina en África; que jamás hubo navegantes fenicios y cartagineses, que romanos y musulmanes no pisaron nuestro suelo, que no fuimos ni somos una tierra en constante diálogo con el Oriente Próximo, el mar Egeo o el Mediterráneo central. Lean, lean a García Cárcel y González Vegas. Lean de verdad.
Basta ya de querer hacernos creer que de la nada puede extraerse algo valioso. Basta ya de intentar tomarnos por ingenuos con una retalla que no es más que artillería barata y copiada. La historia —como la literatura— no se honra repitiendo sombras, sino iluminando lo que aún late entre nosotros.
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