Febrero, San Blas y la memoria de la piedad popular en Montijo y Puebla de la Calzada

Febrero, San Blas y la memoria de la piedad popular en Montijo y Puebla de la Calzada

Cronista Oficial Puebla de la Calzada

Febrero se inaugura tradicionalmente cargado de celebraciones que entrelazan el calendario litúrgico con la vida social de los pueblos. Son días donde la religiosidad popular, la memoria colectiva y el encuentro vecinal se dan la mano. Entre esas fechas señaladas, el 3 de febrero destaca con nombre propio: San Blas, una advocación profundamente arraigada en la tradición cristiana y en la cultura popular de numerosos municipios.

Antes de adentrarnos en el contexto local de Montijo y Puebla de la Calzada, conviene detenerse en la figura histórica y legendaria de este santo cuya devoción ha atravesado siglos.

San Blas: historia, fe y tradición

San Blas fue obispo de Sebaste, en la antigua Armenia —territorio de la actual Turquía—, y vivió entre los siglos III y IV. Venerado tanto por la Iglesia Católica como por la Ortodoxia, su figura ha quedado ligada desde muy temprano a la protección contra los males de garganta, una asociación que hunde sus raíces en la tradición hagiográfica.

Las fuentes cristianas relatan que, antes de ser obispo, ejerció como médico, circunstancia que explicaría su fama como sanador. Vivía retirado como ermitaño, dedicado a la oración y al recogimiento, y el imaginario popular —rico y simbólico— sostiene que incluso los animales acudían a él para ser curados, reflejo de su santidad y cercanía con la creación.

Durante las persecuciones contra los cristianos bajo el mandato del emperador romano Licinio (308–324), San Blas fue detenido por negarse a renunciar a su fe. Sufrió torturas con peines de hierro, instrumentos utilizados habitualmente para cardar la lana, y finalmente fue decapitado en el año 316, convirtiéndose en mártir.

No obstante, el episodio que marcó definitivamente su devoción popular fue el milagro atribuido a la salvación de un niño que se ahogaba con una espina de pescado, tras la oración del santo. A partir de este hecho, San Blas pasó a ser invocado como protector de la garganta, dando origen a la tradición —aún vigente— de la bendición de cordones, cintas o gargantillas en su festividad.

San Blas y su devoción en Montijo

En Montijo, la festividad de San Blas alcanzó durante décadas una notable relevancia social y religiosa. La localidad conserva una imagen del santo en la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, templo edificado entre los siglos XV y XVII, testimonio material de su presencia en la vida espiritual del municipio.

La celebración incluía una romería hasta el cerro donde se levanta la ermita de San Gregorio, datada en el siglo XVIII. Hasta allí acudían las familias portando comida, bebida y productos procedentes de las recientes matanzas, en una jornada que trascendía lo estrictamente religioso para convertirse en un auténtico acto de convivencia y socialización, una comunión vecinal articulada en torno a la Iglesia y al espacio natural.

Durante un tiempo, San Blas fue en Montijo fiesta mayor, con bailes, juegos y encuentros populares. Con el paso de los años, la celebración ha ido transformándose, adaptándose a nuevas realidades, hasta llegar a su formato actual: una programación de carácter festivo y lúdico, organizada por el Ayuntamiento, que tiene como principal escenario la conocida finca de Las Cabezas.

Puebla de la Calzada y la discreta huella de San Blas

Distinto ha sido el devenir histórico de la festividad de San Blas en Puebla de la Calzada. A diferencia de Montijo, las fuentes locales y las tradiciones más destacadas del municipio no recogen un arraigo significativo de esta advocación en la vida festiva de la villa.

No obstante, siempre abiertos al análisis y la interpretación histórica, cabe la posibilidad de que su celebración haya existido de forma más reducida o localizada, quizá vinculada a algún barrio concreto o a actos parroquiales puntuales, aunque —conviene insistir— no existe documentación que lo certifique.

También resulta plausible que se tratara de una festividad menor, de carácter popular y social, similar a la que hasta fechas recientes se celebraba en el barrio de Santo Toribio, haciéndola coincidir con la tradicional fiesta de las Candelas, compartiendo ese mismo espíritu comunitario, participativo y cercano.

Tradición, identidad y memoria

La festividad de San Blas, con mayor o menor presencia, nos recuerda cómo la religiosidad popular ha sido históricamente un elemento vertebrador de la vida en nuestros pueblos. Más allá del calendario litúrgico, estas celebraciones hablan de identidad, memoria y convivencia, de la manera que generaciones enteras han tejido su historia común en torno a la fe, la fiesta y el encuentro.

(Nota: la imagen que aparece ilustrando estas reseñas, pertenece al templo parroquial de San Pedro Apóstol de Montijo).

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«Montijo y la Fiesta de las Candelas: una tradición que ilumina más de dos siglos de historia»

«Montijo y la Fiesta de las Candelas: una tradición que ilumina más de dos siglos de historia»

Cronista Oficial Puebla de la Calzada

Montijo vuelve a encender hoy, 2 de febrero, la luz de una de sus celebraciones más antiguas y arraigadas: la Fiesta de las Candelas, vinculada litúrgicamente a la Purificación de María Santísima y a la Presentación de Jesús en el Templo de Jerusalén, uno de los grandes misterios que conmemora la Iglesia. Se trata de una festividad que no solo forma parte del calendario religioso local, sino que constituye un valioso legado histórico compartido por la práctica totalidad de los pueblos de las Vegas Bajas del Guadiana.

La documentación histórica sitúa el origen de esta celebración en Montijo, al menos, en el siglo XVIII, una época en la que la religiosidad popular y las tradiciones comunitarias marcaban profundamente la vida cotidiana de la comarca. Desde entonces, la Fiesta de las Candelas ha sabido adaptarse al paso del tiempo sin perder su significado simbólico ni su carácter identitario.

Los archivos revelan que, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, la festividad estaba estrechamente vinculada a la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, que ya entonces contaba con el respaldo económico del municipio para la organización de los actos. En aquellas fechas, la imagen que procesionaba no era otra que la de la Virgen del Rosario —la misma que hoy recorre las calles en el Domingo de Resurrección junto a Jesús Resucitado, la Magdalena y San Juan—, rodeando el templo parroquial de San Pedro Apóstol, edificio de origen entre los siglos XV y XVII.

Uno de los elementos más singulares de la celebración era la vela que portaba la imagen mariana durante la procesión. De ella nació una creencia popular que ha perdurado en la memoria colectiva montijana: “Si se le apaga la vela, año de males; si permanece encendida, año de bienes”, una expresión que refleja la fusión entre fe, tradición oral y simbolismo religioso.

A lo largo de los siglos, la Fiesta de las Candelas ha integrado prácticas cargadas de significado espiritual y cultural y ojalá volvamos a conocer actos como el de portar una vela encendida en el templo, símbolo de Cristo como “luz del mundo”, o la presentación de los niños, entendida como la consagración del hogar familiar. También pudiera formar parte del rito la ofrenda de un par de pichones, en recuerdo del pasaje evangélico del anciano Simeón, recogido en el Evangelio de San Lucas (Lc 2, 22-40), episodio representado en una destacada imagen conservada en la parroquia de San Pedro de Montijo.

Hoy, más de doscientos años después de sus primeras referencias documentales, la Fiesta de las Candelas debiera continuar viva en Montijo gracias al compromiso de las parroquias, asociaciones culturales y la participación activa de la comunidad. Una celebración que no solo recuerda el pasado, sino que mantiene encendida la luz de la identidad histórica y cultural del municipio.

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Agustín Velázquez Jiménez, un caballero del patrimonio emeritense

Agustín Velázquez Jiménez, un caballero del patrimonio emeritense

Cronista Oficial Puebla de la Calzada

Si tuviera que definir a Agustín Velázquez Jiménez con una sola palabra, esa sería, sin duda, “caballero”. Sé que con ello quienes me conocen puedan decir que no soy objetivo porque me elogio de ser su amigo. Elegante y humilde en el trato, riguroso y corresponsable en lo profesional, Velázquez encarna la dedicación y el amor por la historia y la cultura que ha marcado toda su trayectoria. Su labor, aunque ya no se desarrolla en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, sigue vigente en el Arzobispado de Mérida-Badajoz, donde se ocupa con maestría del patrimonio cultural. ¿Quién mejor que él para esta tarea hoy en día?

El pasado martes 27 de enero, el Centro Cultural “Santo Domingo” acogió la presentación del Cuaderno Emeritense nº 52, “Varia Arqueológica y Patrimonial”, un homenaje a Velázquez Jiménez en reconocimiento a su brillante carrera profesional y a su estrecha vinculación con la actividad desarrollada en la ciudad. Cabe recordar que fue él mismo quien, en 1989, impulsó la creación de esta serie de cuadernos del Museo Nacional de Arte Romano, financiados por la Asociación de Amigos del Museo, para dar continuidad a trabajos científicos inéditos.

Nacido en Mérida el 2 de septiembre de 1958, Velázquez es historiador, arqueólogo y especialista en patrimonio cultural. Su vida profesional ha estado profundamente vinculada al estudio, documentación y difusión del legado arqueológico de Augusta Emerita, la antigua ciudad romana que hoy conocemos como Mérida. Desde 1984, trabajó durante más de cuatro décadas en el Museo Nacional de Arte Romano, donde fue Jefe del Departamento de Documentación y responsable de la biblioteca y archivos del museo. Su labor incluyó la organización y digitalización de fondos, así como la coordinación de exposiciones y publicaciones científicas.

Velázquez es autor de numerosos estudios en arqueología e historia antigua, con especial atención a la epigrafía y la numismática emeritense. Entre sus obras recientes destaca La Ceca de Augusta Emerita, un exhaustivo catálogo de monedas romanas acuñadas en la ciudad que subraya la relevancia histórica de Mérida. Su trabajo le ha valido reconocimientos como el Premio Genio Protector de la Colonia Augusta Emerita, otorgado por su dedicación constante a la protección y puesta en valor del patrimonio emeritense.

Pero la vida de Agustín Velázquez no se limita al ámbito académico. También ha desempeñado un papel destacado en la esfera cofrade, al frente de la Junta de Cofradías de Mérida, institución que presidió hasta 2014. Su gestión se caracterizó por promover la unidad entre las hermandades y reforzar el compromiso social y cultural de la Semana Santa emeritense. De su mano, muchos tuvieron la oportunidad de vivir experiencias únicas, como la mía personal al ser, de su mano, Pregonero Oficial de la Semana Santa de Mérida. Tras su mandato, dejó el cargo al asumir el nombramiento de Delegado Episcopal para Patrimonio Cultural, un nuevo desafío que ha continuado desarrollando con la misma pasión de siempre.

Agustín Velázquez Jiménez representa una rara combinación de erudición, humildad y servicio. Su legado no solo se aprecia en libros, monedas o archivos, sino en la forma en que ha sabido transmitir amor por la historia, compromiso con la comunidad y respeto por la tradición. Sin duda, un caballero en todos los sentidos.

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Puebla de la Calzada mantiene vivo su pulso cultural con la visita del “Capitán Papiro”

Puebla de la Calzada mantiene vivo su pulso cultural con la visita del “Capitán Papiro”

Cronista Oficial Puebla de la Calzada

Puebla de la Calzada continúa demostrando su dinamismo cultural con una nueva actividad dirigida al público infantil y familiar nada más entrar el año nuevo. La localidad volverá a recibir al popular Capitán Papiro, un personaje que ha logrado ganarse el cariño de vecinos y vecinas gracias a sus originales y divertidas aventuras.

El encuentro tendrá lugar el próximo viernes en la Biblioteca Municipal, en un acto organizado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Puebla de la Calzada y patrocinado por el propio consistorio. La cita promete una nueva sesión cargada de humor, imaginación y aprendizaje, en la que los cuentos clásicos cobran vida de una forma novedosa, cercana y muy atractiva para los más pequeños.

El Capitán Papiro cuenta ya con numerosos seguidores en la localidad y su visita se ha convertido en una esperada cita mensual. Tanto niños como adultos disfrutan de unas historias que combinan el componente lúdico con valores educativos, fomentando el gusto por la lectura entre el público infantil y ayudando a reconocer relatos que forman parte de la literatura universal.

Con iniciativas como esta, Puebla de la Calzada reafirma su compromiso con la cultura y la promoción de la lectura desde edades tempranas, consolidándose como un referente en la programación cultural de la comarca.

Fuente y fotografías: Teodoro Gracia.

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La religiosidad popular y las cofradías en la Comarca Emeritense durante la Edad Media y la Edad Moderna

La religiosidad popular y las cofradías en la Comarca Emeritense durante la Edad Media y la Edad Moderna

Cronista Oficial Puebla de la Calzada

El sentimiento religioso del pueblo constituye uno de los rasgos fundamentales para la comprensión histórica de la Edad Media y la Edad Moderna. Durante ambos periodos, la religiosidad impregnó de manera profunda las estructuras sociales, las mentalidades colectivas y las prácticas cotidianas, configurándose como un elemento esencial de la identidad cultural de las comunidades. En este contexto, los pueblos de la Comarca Emeritense ofrecen un marco de análisis especialmente significativo para el estudio del denominado fervor religioso popular, característico de la época.

No obstante, resulta imprescindible señalar que el comportamiento religioso del individuo medieval presenta diferencias sustanciales respecto al del hombre de los Tiempos Modernos, particularmente en lo relativo a las manifestaciones de religiosidad y piedad popular. Estas diferencias responden tanto a cambios en las estructuras sociales y económicas como a transformaciones doctrinales y culturales que afectaron al conjunto de la sociedad.

En el ámbito espacial y temporal que presenta esta breve reflexión, dichas manifestaciones de religiosidad popular encuentran una expresión privilegiada en el surgimiento y desarrollo de las cofradías. Estas asociaciones, que aparecen con relativa prontitud en la Comarca Emeritense, desempeñaron un papel fundamental en la canalización del sentimiento religioso colectivo. Si bien sus fines primordiales estaban orientados al culto divino, no puede obviarse su destacada función social, especialmente en ámbitos como la caridad, la asistencia a los necesitados y el apoyo comunitario.

Las fuentes primarias disponibles permiten abordar el estudio de estas instituciones desde la perspectiva de la denominada Historia de las Mentalidades, una corriente metodológica que se apoya en un amplio y diverso corpus documental. Dichas fuentes se convierten, así, en herramientas indispensables para el historiador, al posibilitar el análisis de las creencias, actitudes y comportamientos colectivos en relación con lo religioso.

Las cofradías no deben entenderse únicamente como asociaciones generadoras de información de carácter religioso o como meros instrumentos de la vida eclesiástica —aunque este aspecto resulte ya de gran relevancia—, sino como entidades con un notable grado de autonomía. A través de su organización y actividades, estas asociaciones ofrecen valiosa información sobre las formas de comportamiento socio-religioso de las comunidades locales, constituyéndose en una manifestación genuina de la piedad y la religiosidad popular en el tránsito del Medievo a la Modernidad dentro de la Comarca Emeritense.

Nuestra interpretación se centra, en una primera aproximación, en localidades de especial relevancia dentro de la comarca emeritense de las que nos iremos ocupando progresivamente. En el caso de Puebla de la Calzada o Montijo, la documentación histórica atestigua la existencia, entre los años iniciales de los siglos XVI y XVII, de diversas asociaciones religiosas, entre las que destacan, la Hermandad de la Cruz, la de las Ánimas Benditas del Purgatorio, la Cofradía de los Santos Mártires y la Hermandad de San Pedro. Asimismo, se constata documentalmente la presencia, ya en el siglo XVI, de devociones tan interesantes en la mencionada comarca como por ejemplo Nuestra Señora de la Carilla, que contaba con ermita propia.

Por su parte, en las localidades de Puebla de la Calzada y Montijo documentan, para los siglos XVI y XVII, la existencia de la Hermandad de la Santa Cruz, la de Nuestra Señora del Rosario y la del Santísimo Sacramento, asociaciones que reflejan igualmente la vitalidad de la religiosidad popular en el ámbito local. El análisis detallado de estas hermandades, aunque en ocasiones los hemos desarrollado siguen abriendo interesantes caminos para nuestra investigación.

Estas manifestaciones de piedad colectiva encuentran un interesante paralelismo iconográfico en representaciones artísticas como el detalle de Disciplinantes de Francisco de Goya (1808-1812), que ilustra la persistencia de determinadas prácticas penitenciales y devocionales en la cultura religiosa española y d nuestra realidad más cercana como Montijo y la Comarca Emeritense igualmente para los siglos XVI-XVII encontramos ejemplos como los de la Hermandad de la Santa Cruz, Nuestra Señora del Rosario y Santísimo Sacramento.

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