por Manuel García Cienfuegos | Dic 14, 2025 | Artículos
Cronista Oficial de Montijo y Lobón.
El 3 de diciembre de 1955, hace setenta años, pasada las cuatro de la tarde comenzó en la máquina despuntadora (situada en la planta más alta) un grave incendio del que no hubo que lamentar desgracias personales. La fábrica de harinas de Puebla de la Calzada, muy próxima al límite entre los términos municipales de Montijo y Puebla de la Calzada, tenía una capacidad de producción de 28.000 kilos de trigo al día. La fuerza motriz la suministraban unas turbinas instaladas en el salto sobre el Guadiana, conocido como “La Pesquera”, junto a Lobón, construida por la sociedad Madroñero y Cía.
La fábrica quedó destruida. Las pérdidas se calcularon en cuatro millones de pesetas (hablo del año 1955). El edificio estaba asegurado por la Unión y el Fénix Español. Tras la espera de un tiempo para hacer las tasaciones y evaluaciones del siniestro, después comenzaría la reconstrucción de la fábrica con un nuevo edificio que fue inaugurado el 25 de enero de 1958.
La Fábrica de harinas “La Concepción” fue construida en 1896 por don Jorge Díez Madroñero López de Ayala, marqués de la Vega, y su hermano político, Sancho Conejo de Coca, diputado provincial y a cortes por el partido liberal. En 1912 fueron sus administradores la sociedad formada por Lozano y Conejo, pasando a ser en 1946 la propiedad a Hijos de Sancho Conejo S.L.
En el año 1960 el empresario catalán José Espona Bañares, propietario del Grupo Pastas Gallo, toma la decisión de fabricar pasta de sémola de trigo duro, alquilando la fábrica de harinas a la sociedad Hijos de Sancho Conejo S.L., para comprarla posteriormente. La factoría es gestionada hoy por el grupo Mercoguadiana. (Fotografía VISAM).
por Manuel García Cienfuegos | Dic 14, 2025 | Artículos
Cronista Oficial de Montijo y Lobón
Lo escribí y publiqué en noviembre de 2008, hace diecisiete años. Una fiesta antigua y hermosa que tiene por protagonista el fuego. Dicen los mayores del lugar de la Nava de Santiago (Badajoz), que siempre han escuchado hablar de la fiesta de la lumbre, que la oyeron contar a sus antepasados y éstos a los suyos. Y dicen que siempre escucharon decir que esta fiesta eran cosas de los “quintos del pueblo”.
Los quintos, días antes de nochebuena, al dejar por las noches a las novias, emprendían la tarea de coger una carro e ir por los caminos en busca de las tronconeras, procurando así el suministro de leña. Poco a poco, lo que comenzaba con unos cuantos leños, iba después tomando cuerpo, siendo el montón de leña cada vez más grande.
La fiesta de la lumbre, la hoguera de los quintos, es una tradición que entronca con los antiguos rituales prerromanos de la celebración del solsticio de invierno, en el que se encendían hogueras, simbolizando que el sol, a partir de ese momento, volvía a nacer; tenía más fuerza al comenzar los días a ser más largos. La fiesta de la lumbre también enlaza con los antiguos ritos de iniciación de la mayoría de edad: los quintos.
El encendido de la lumbre se produce a la caída de la tarde, tras la puesta de sol, horas antes de la cena de nochebuena, desde los más pequeños hasta los mayores, todos acuden a la Plaza. En un ambiente festivo, de unión de todo el pueblo, de todos los naveños, que la vive y goza con sentido de comunidad, manteniendo así un legado de cuantos les han precedido. Alrededor de la lumbre los vecinos se desean lo mejor y se felicitan la llegada de la Navidad.
La Fiesta de la Lumbre de la Nava de Santiago, guarda similitud a la fiesta del “Tuero” que se celebra en Aldea del Cano (Cáceres).
por Manuel García Cienfuegos | Dic 5, 2025 | Noticias
Cronista Oficial de Montijo y Lobón
Integrantes de este curso visitaron, acompañados por Manuel García Cienfuegos, Cronista Oficial de Montijo y Lobón, la “Casa-Museo de la Agricultura, Espacio Cultural Comunidad de Labradores de Montijo. Colección Museográfica, Antonia Gómez Quintana”. La Comunidad de Labradores se fundó en 1902, la segunda en hacerlo de la provincia de Badajoz. La Casa se construyó en 1917-1919, siguiendo el proyecto de Antonio del Viejo Barrena y Cristóbal Sánchez García.
Los alumnos recorrieron los diferentes espacios: Sala de Exposición Permanente ‘Los Aperos’. Sala de Exposición Temporal ‘La Cosecha’. Sala de Conferencias ‘Regadío’, con el cuadro ‘La vuelta al trabajo’ del pintor Adelardo Covarsí (Badajoz 1885-1951). Las piezas que se conservan de la imprenta Freinet. También conocieron las técnicas que esta corriente pedagógica realizó en los entonces dos grupos escolares: Giner de los Ríos y 14 de abril. Así como la confección de los periódicos escolares: Floreal y Alborada. Gabinete de Lectura Julio García Pérez. Vieron las fotografías y cartelería sobre monumentos civiles y religiosos de Montijo y la villa romana de Torre Águila, junto con la maquinaria y esfera del antiguo reloj de la torre de la iglesia de San Pedro Apóstol.
por Manuel García Cienfuegos | Dic 2, 2025 | Artículos
Cronista Oficial de Montijo y Lobón
Dicen que cada estación aparece por un sitio distinto. Aseguran que el invierno lo hace llegando desde la parte norte, cuando el sol no se siente congestionado por el crepúsculo y los días muestran su tibieza bajo las lágrimas de un manto cuajado de niebla, pretendiendo con ello impedirnos ver el color celeste inmaculado de los cielos de estos días de diciembre.
Está todo a punto. El frio aprieta y el vareo trabaja. Por la resolana de los días llegan los manantiales de la molienda. La aceituna se desangra en un parto generoso para traernos su gloria líquida. Machado, triturado, capachos, alpechín, almazaras y molinos.
Está aquí, llega, la muy antigua, ilustre, venerable, madre y patrona de nuestra dieta, preservadora de nuestro organismo, maestra y virgen de nuestra cocina. Seas bienvenida, aceite. Elaborada en las antiguas almazaras, viejos lagares y molinos de aceite, que oficiaban en la Rinconá de Pozo Nuevo, calle Valdelacalzada, Puerta del Sol y Reyes Católicos, bajo el nombre de Ntra. Señora del Carmen que dio nombre a la actual urbanización El Molino.
Con diciembre evoco aquellos días en los que flotaba en el aire el aroma que llegaba del comercio de Juan Reyes, en el Barrio de la Pringue, a tripa y pimienta para los avíos de la matanza. Evoco los afanes de artesas, emburridores, baños, cuerdas, trébedes, embudos y picas. Las migas a primera hora de la mañana, hechas con pan del día anterior, mojado y reposado. Café y copa de anís.
La matanza del cerdo, antiguamente comenzaba a últimos de noviembre, por Santa Catalina de Alejandría y el apóstol San Andrés. Y de matanza a matanza se consumían los días de diciembre y la cuesta de enero, terminando los sacrificios por las Candelas, a comienzos de febrero. La matanza constituía un rito y el sacrificio requería valentía y oficio. Hay una buena nómina de profesionales matarifes. Destaco a Luciano Cerezo, Eduardo Cordero, Juan Redondo, Alfonso Díaz, su hermano Juan y Paco Ruíz, conocido cariñosamente como el vaquero; Miguel del Viejo, dueño del Estillero, que sacrificaba los guarros para Agustín Rodas Bautista. Aunque me quedo en la jurisdicción de mi memoria con Pedro Martínez Serrano, excelente maestro carnicero y mejor persona.
Junto a los matarifes no olvido el trabajo de las matanceras Catalina Mela, Josefa Barril y Tomasa Rodríguez Gutiérrez, entre otras muchas. Bien temprano se oía el gruñido del animal que atrapado por el gancho era aupado al Gólgota de la mesa del sacrificio. El ancho cuchillo matancero penetraba en la papada y un caudal de sangre caía en el barreño, que con el removido e ingredientes todo acababa en mondongo. El fuego de la albolaga iniciaba el chamuscado y raspado. Las ollas puestas a hervir. La prueba se enviaba para que la reconociese el veterinario. Luego el despiece, separando el magro de la grasa. Se lavaban las tripas. De rodillas en las artesas la masa para chorizos y morcillas era removida y agitada sin descanso. Luego el llenado para el embutido.
En esas faenas los muchachos, espectadores de excepción, solicitaban como triunfo el rabo del guarro y la vejiga para la boca de un cántaro hecho zambomba. La fiesta de la matanza era de alborozo y excusa para no ir a la escuela. Cuando pasaba lista el maestro o veían una falta, el resto de la clase justificaba la ausencia: “Maestro, está de matanza”. El gozo llegaba con la prueba hecha en la sartén y la careta asada, corriendo entonces de vaso en vaso la jarra de vino. Con lentitud y parsimonia se iba colgando el producto que las matanceras habían cortado y atado, obra hecha con artesanía. Y allí, arriba quedará quieto, inmóvil, hasta que la última gota grasa roja proclame el final del oreo. En la calle se oía la ronda de algún villancico “Esta noche es nochebuena y mañana Navidad”. Benditos sean aquellos días matanceros que traen ahora estos recuerdos en el mes de diciembre.
por Manuel García Cienfuegos | Dic 1, 2025 | Artículos
Cronista Oficial de Montijo y Lobón
Me gusta la Navidad, la Navidad antigua, la de siempre, la de belenes y villancicos, la de las felicitaciones y lotería escuchada por la radio. Aunque antes rimaba mejor la peseta que ahora el euro en las voces de los niños del colegio de San Ildefonso. Digo peseta, no antiguas pesetas, que algunos se empeñan con ese enunciado. La peseta ni es antigua ni es moderna, es peseta y ya está.
Me gusta la Navidad -no las navidades- de los nacimientos con montes de corcho y musgo. Con figuritas de pastores y papel de plata simulando un río lleno de peces al que acuden las lavanderas. La Navidad del turrón, los alfajores, la de los aguinaldos, los polvorones, mantecados y la de las otras figuritas, las de mazapán. La Navidad de pueblo, de familia e infancia. La Navidad de memoria clara, alrededor de la aparición de un niño, que simboliza a todos los niños.
Decir Navidad es evocar la memoria de mi infancia que recorre de arriba abajo los espacios del recuerdo de aquellos días, de esta mi generación, que tanto castigó diciembre las manos por las secuelas de aquellos sabañones, bajo un frío que curtía y helaba la piel de nuestras piernas expuestas a la intemperie ante el desamparo causado por unos pantalones cortos.
No quiero ni puedo renunciar a la herencia de siglos de esta fiesta alborozada que celebra el momento en el que comenzó, allá en Belén, la experiencia de amor, generosidad y entrega que nos ha enseñado el código moral en el que nos reconocemos más plenos y más libres, participando en un rito colectivo que funde lo mejor de lo que somos y, sobre todo, de lo que hemos sido capaces de ser.
La Navidad compartida con la familia, con los nuestros, en la cena de la Nochebuena y en la comida del día de Navidad. Navidad bajo el olor intenso a matanza, a tripa y especias. Navidad bajo la niebla que sale para hacerse incienso difuminado de Pascua. Navidad del pavo que espera ser sacrificado. La de los petardos atronadores desprendiendo olor a pólvora, metiendo el susto en el cuerpo. La de las estrellas de purpurina que fijan su mirada hacia Oriente.
Nacimiento y manifestación, que nos provoca una leve sonrisa en el recuerdo de las heladas sufridas por aquel gallo hermoso, no el de la pasión, no el que avisó a san Pedro para que echase unas lágrimas, ese no, este otro, firme, fuerte, estirado, serio -como un buen gallo de corral- con aguzados espolones, encaramado en lo alto del chozo que cubría la fuente de granito, gris, sosa y simplona de la inmerecida Plaza de España que desacertadamente nos hicieron, proclamándonos, con su ferviente y claro quiquiriquí, que el niño Dios nace a eso de la media noche.
Llegado ese tiempo emprendíamos veloz carrera para buscar una ronda con sonido de guitarra y olor a aguardiente. Porque allí entre las chinas y los rollos, comadres, suegras, cuñadas, muchachos y muchachas; hombres viejos, nuevos y pimpollos. Allí, en la calle de Arriba, todos cantaban bajo el compás del sonido ronco, áspero, rudo y grave de una zambomba. Sacaban mantones de seda y abrían las puertas de sus casas importándoles muy poco que el pellejo de aquella zambomba se rompiera por la inmensa alegría de quien nace, llega y trae tantas esperanzas. Para que dentro de poco el silencio nos traiga una cruz de plata de miércoles santo, que nos diga que el niño se ha hecho hombre y nazareno, y que apenas sin fuerzas, sube la cuesta de esa calle haciendo la ronda de su pasión hacia el Gólgota, recordándonos con su mirada que una madrugada transparente y fría, allá por diciembre, quiso hacerse carne habitando desde entonces entre nosotros.
(De mi libro “Los quehaceres y los días. Montijo en la memoria”)
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