Manuel García Cienfuegos
Cronista Oficial de Montijo y Lobón
Allí, en otros tiempos, en la penumbra seca y silenciosa, bajo la languidez de la luz de las velas y la densidad del incienso que contrastaba con la ausencia de la flor, cual roca desnuda e intacta del monte Calvario, bajo el adorno de la tela antigua morada, que así era como se velaban antes los altares, llegaba la sobriedad en el rito del canto estremecedor del “Miserere mei, Deus, secúndum misericordiam tuam”. El Salmo penitencial más intenso y repetido. El canto del pecado y del perdón, la meditación más profunda sobre la culpa y su gracia. “Misericordia, Dios mío”. Un suspiro lleno de arrepentimiento y de esperanza dirigido a la bondad de Dios.
Se certificaba así, en aquellos viernes de Cuaresma, un juramento solemne de oración, penitencia y silencio ante la imagen rodeada de penumbras, alteradas por el balanceo del humo que desprendía la cera de color tiniebla. Su rostro, su cuerpo indefenso, sus manos taladradas, sus brazos tendidos, la posición de los pies, la pobreza en su desnudez, su costado, la hermosura desangrada y su desgarradora y fija mirada que preguntaba por qué lo habían abandonado. Así, todos los viernes, aquel canto se amplificaba y solemnizaba, recorriendo la atmósfera serena y suave de las naves del templo, sólo perturbada por el leve sonido en el desahogo al pasar las páginas de los devocionarios.
Afuera habitaba otro espacio diferente, distinto, no exento de melancolía que atisbaba el presagio de la esperanza cierta: “En dos días nos sanará; al tercero resucitará; y viviremos delante de él”, que brota sobre la espina aguda que sangra recordando a cuantos amamos y quisimos. Antes la espera del encuentro gozoso y definitivo allá arriba en los cielos.
Después se llenaba el ambiente de un embeleso musical que conducía también al silencio, porque la música comienza donde acaba el lenguaje. La Banda de Música, en aquellos días de la Cuaresma, ensayaba para las procesiones de Semana Santa. Desde el atril el director ordenaba y los músicos repetían una y otra vez una partitura agradable, envolvente y hermosa: “Santos Lugares”. Memoria sonora de aquellos músicos que igual tocaban música alegre y festiva que triste y fúnebre, salidas del llanto que nace de la nostalgia, como los misterios del rosario de la partitura de la vida: gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos.
(De mi libro “Los quehaceres y los días. Montijo en la memoria”, pgs. 23-24. Foto: Banda de Música de Montijo, años cincuenta del siglo pasado, director don Andrés Mena).
Marcha procesional “Santos Lugares” de Ricardo Dorado
https://www.youtube.com/watch?v=SOCDRK7rYSw
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