Emilio Arroyo Bermejo
CRONISTA OFICIAL DE VALDASTILLAS
Si hay que hablar del Valle del Jerte y de Valdastillas hay que hacerlo, ineludiblemente, hablando del fruto de la cereza, seña de identidad de la comarca y de la localidad cuqueña.
Históricamente el producto ha estado presente en la comarca, pues en la Edad Media ya el Valle contaba con presencia del cerezo y posteriormente, en el período de dominación musulmana, la presencia del cerezo aumentó. Con la llegada en el siglo XVIII de la quiebra del castañar con la aparición de la enfermedad de la tinta, enfermedad que produjo que el castaño fuera atacado por hongos que parasitaban y dañaban las raíces y la base del tronco, bloqueando la circulación de la savia y nutrientes, ocasionando daños económicos irreparables en la región, hizo que hubiera que focalizar la atención y el trabajo en otro cultivo.

El daño de la tinta propició la extensión del cultivo del cerezo en el siglo XIX y el aumento progresivo en cada década del siglo XX, hasta llegar a la década de los 60, etapa en la que se produce una expansión acelerada del cultivo del cerezo en todo el Valle del Jerte y en Valdastillas hasta nuestros días.
Dejando a un lado el recorrido histórico, que conviene recordar, decir que no hace mucho celebrábamos la fiesta del Cerezo en Flor, cumpliéndose más de medio siglo de celebraciones que gozan del título de Fiesta de Interés Turístico Nacional, reclamo turístico para la comarca y que este año ha tenido su epicentro en Tornavacas donde, entre otros actos, se le concedió una de las Cerezas de Oro a mi compañero Cronista Oficial de esa localidad, Juan Pedro Recio Cuesta y que tras múltiples actividades y eventos repartidos por toda la comarca, se llegó a la clausura de la festividad en la vecina localidad de Casas del Castañar.
La bella floración que inunda de blanco el Valle, con la ingente llegada de visitantes y senderistas para fotografiarse ante un cerezo florecido y visitar nuestras gargantas, entre ellas la cuqueña Marta, nos ha ido avisando, poco a poco, de que el momento de la cerecera estaba a la vuelta de la esquina.

Y así ha sido. La cerecera se ha hecho presente y adentrarse en cualquier pueblo del Valle del Jerte, en estas fechas, es inmiscuirse en las tareas laboriosas de un día tras otro, sin descanso, para acarrear la cereza, ese oro rojo, que con mimo, coge una a una con sus manos el agricultor del Valle.
La vida, en cuanto a otras cosas se paraliza, no hay diversión, todo es trabajo, los eventos pueden esperar, las miradas permanentes al cielo, las nubes generan desasosiego, prisas. Y ese desasosiego ha llegado. El principal adversario de una cerecera han sido las fuertes tormentas y lluvias de los pasados días, que llenan de tristeza al avezado agricultor, pues el trabajo de muchos meses se tira por la borda en un abrir y cerrar de ojos. A ver si desde las instituciones y desde los seguros agrarios se entiende la situación y se establecen medidas para paliar el daño.
Pero sigamos con el relato.
Es común escuchar «ya están maduras», «mañana voy a la Salera» y «por la tarde echaré un vistazo a los Majales» y «a ver si para el finde, que vienen los muchachos, podemos coger en las Huertas Grandes»…y así en una casa, en otra, en la de Antonio, Ángel y también en la de Marina.
Valdastillas vive este mes de mayo, junio y julio inmersa en la recolección de la cereza, el fruto preciado de esta comarca, el sustento de una economía agraria basada en la agricultura de montaña, aliñada con el trabajo sudoroso de familias completas que saben lo importante que es una buena cosecha para sus vidas y familia.
La bancalización del terreno, como medio de sujeción de las tierras, permite adaptar los cultivos al mismo y así el agricultor cuqueño, como el del Valle del Jerte, puede laborar sus minifundios con el fin de sacar sus productos, para a través del cooperativismo, fuertemente implantado en la comarca, con sello de calidad, poder exportar internacionalmente la cereza.
Y esa bancalización del suelo y las diferentes altitudes del Valle permiten una cerecera escalonada, como escalonados son los bancales y así esas primeras faenas de recogida del oro rojo se produce en latitudes como la de las laderas de Valdastillas, por su situación en cuanto a altitud, que lleva aparejada una temperatura proclive tanto para la floración como para la maduración, siendo Valdastillas uno de los pueblos donde antes se inicia la floración y recogida de la cereza y que progresivamente se irá extendiendo por todo el Valle hasta alcanzar a Tornavacas y Piornal como puntos que gozan de mayor altitud dentro del Valle.
Temprano suena el despertador, yo creo que no da tiempo a que suene, y la ebullición se produce tan rápido que hay que almorzar con agilidad para que, apenas aparezcan las primeras luces, el cerecero ya tenga colgada de su cuello la cesta con el garabato.
Qué bonito escuchar el dicho «cesta» que en el argot futbolístico podría traducirse en «gol» y como el cerecero que está al lado se «pica» para cantar él o ella, también cuanto antes, «cesta» y así una tras otra ir llenando las cajas, con mucho cuidado y mimo, pues la cereza se resiente si no es «acariciada» por la mano del agricultor.
El progreso ha ido dando pasos en la mejora de las condiciones laborales, pero aún, así, estamos ante una realidad laboral dura, pues la recogida del producto exige paciencia, esmero y mucho cuidado por lo delicado que es el género.
Atrás quedan las tardes que había que ir a buscar helechos para forrar las jaulas de madera, con el fin de que la cereza se mantuviera fresquita después de cogida y acarreada con bestias dotadas de engarillas para llevarlas hasta el punto de venta o hasta la Cooperativa del Campo Santa Lucía, fundada en Valdastillas en 1961. Después llegaron los cajones de madera y cartón, pero ya de menor peso.
No solo el trabajo era coger la cereza, tras ello había que escogerla, antiguamente con un almantrinche arrodillado en el suelo, luego llegó el tendal colocando el almantrinche que de vez en cuando había que sacudir para tirar el zurrón. Esta tarea de escoger, con la consiguiente calibración, en principio se hacía en la explotación agraria y más tarde, con el paso del tiempo, la cereza se cogía en el huerto y posteriormente se dejó de hacer en la explotación y se hacía en cada cochera, casilla o espacio del que dispusiera el cerecero cuqueño.
Aunque todavía en algunos casos perviven estas modalidades, si bien, la mecanización de los propios cereceros, de las cooperativas y en especial de la Agrupación de Cooperativas del Valle del Jerte, facilitan el proceso, no sin suponerle costes al productor.
Momento clave en la recogida es el almuerzo, el pequeño recreo en el que de la fiambrera salen exquisitos manjares, (morcilla, tocino de la plingue, un huevo cocido o un trocito de queso…) para reponer fuerzas y charlar un ratito con la cuadrilla, pero poco, la cereza llama, la cereza si está madura no espera y más vale cogerla cuanto antes no vaya a aparecer el nublado, muy propio de los meses de mayo y junio que es cuando empieza a estabilizarse el tiempo, pero que en muchas ocasiones ofrece sustos como los vividos días pasados.
Y cuando el producto está en la cooperativa, el productor ya piensa en mañana, en pasado mañana, en la semana que viene. El horizonte está puesto en el fin de la campaña, que días arriba o días abajo, se ha de producir y si ha habido suerte y el tiempo ha acompañado, ya es momento de hacer el ramo, festejo familiar como fin de campaña y comenzar a planificar eventos, encuentros, en resumidas cuentas esparcimiento después de la laboriosa y calurosa tarea de la cerecera.
Y tras ello viene disfrutar en Valdastillas, a lo largo del verano, del rico repertorio de actividades deportivas y culturales así como de refrescantes chapuzones en sus piscinas naturales y artificiales.
Pero el cuqueño también pone su cabeza y corazón en las próximas fiestas del Cristo de la Victoria, el 14 de septiembre, para honrarle en la ermita del Humilladero y por la tarde, en el Ofertorio en la Plaza Mayor, ofreciéndole todo tipo de productos en agradecimiento por los bienes concedidos, tanto referidos a la campaña cerecera como de otro tipo.
Por eso, que sea una cerecera «como Dios manda» y que el Cristo de la Victoria lo conozca.

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