La fiesta de San Blas de Riolobos según la IA (Inteligencia Artificial) de Google

La fiesta de San Blas de Riolobos según la IA (Inteligencia Artificial) de Google

¿Qué sabe la 𝑰𝑨 de Google sobre las fiestas de nuestros pueblos?

Hemos hecho la prueba de preguntar sobre las fiestas de San Blas en Riolobos y también sobre el tratamiento que se da a estas fiestas en nuestro blog «En el arandel». Y se han obtenido respuestas como las que siguen. La IA, al final, avisa de posibles errores que hay que tener en cuenta.

«La festividad de San Blas, celebrada el 3 de febrero, es una tradición arraigada, especialmente en Castilla-La Mancha y lugares como Riolobos, donde se venera al santo como protector contra los males de garganta
. El blog «En el arandel» recoge aspectos históricos y festivos de esta fecha.

  • Tradición: San Blas es conocido por el milagro de la curación de una espina de pescado en la garganta.
  • Celebraciones: Incluyen procesiones, … y festejos populares, a menudo en torno al 3 de febrero, …
  • En el arandel: Este blog (enelarandel.blogspot.com) documenta la historia local, incluyendo la venta de carne del toro y el papel del mayordomo en las fiestas del siglo XVII en Riolobos.
  • Otras festividades: El sitio también menciona la fiesta de Santa Catalina en Riolobos, celebrada el 25 de noviembre.

La información indica que la fiesta de San Blas es un evento invernal significativo, con alta participación popular.»

«Las fiestas de San Blas en Riolobos (Cáceres)
se celebran los días 3, 4 y 5 de febrero en honor a su patrón. Destacan la misa, procesión, el reparto de cordones de colores por el mayordomo para la protección de la garganta y la tradicional candela con dulces típicos en el ejido.

  • Actos Principales:
    • Misa y Procesión: Se honra al santo patrón, con participación activa de vecinos y niños.
    • Cordones de San Blas: Tradición de repartir cordones bendecidos de distintos colores que simbolizan salud, amor, dinero y felicidad.
    • La Candela: Celebración con un capazo y dulces típicos en el ejido.
    • Tradición: Fiestas de gran arraigo histórico que combinan la devoción religiosa con la convivencia popular.

La festividad es el punto central del invierno en la localidad, precediendo a otras celebraciones como las fiestas de verano o Santa Catalina.»

Enlaces sobre la fiesta en el blog «En el arandel» y en el Boletín de ACROEx:

¡𝙑𝙞𝙫𝙖 𝙎𝙖𝙣 𝘽𝙡𝙖𝙨, 𝙣𝙪𝙚𝙨𝙩𝙧𝙤 𝙨𝙖𝙣𝙩𝙤 𝙘𝙤𝙦𝙪𝙞𝙡𝙡𝙚𝙧𝙤!
© José Vidal Lucía Egido
Cronista Oficial de Riolobos

Cartel de la fiesta de San Blas de 2026

«Montijo y la Fiesta de las Candelas: una tradición que ilumina más de dos siglos de historia»

«Montijo y la Fiesta de las Candelas: una tradición que ilumina más de dos siglos de historia»

Cronista Oficial Puebla de la Calzada

Montijo vuelve a encender hoy, 2 de febrero, la luz de una de sus celebraciones más antiguas y arraigadas: la Fiesta de las Candelas, vinculada litúrgicamente a la Purificación de María Santísima y a la Presentación de Jesús en el Templo de Jerusalén, uno de los grandes misterios que conmemora la Iglesia. Se trata de una festividad que no solo forma parte del calendario religioso local, sino que constituye un valioso legado histórico compartido por la práctica totalidad de los pueblos de las Vegas Bajas del Guadiana.

La documentación histórica sitúa el origen de esta celebración en Montijo, al menos, en el siglo XVIII, una época en la que la religiosidad popular y las tradiciones comunitarias marcaban profundamente la vida cotidiana de la comarca. Desde entonces, la Fiesta de las Candelas ha sabido adaptarse al paso del tiempo sin perder su significado simbólico ni su carácter identitario.

Los archivos revelan que, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, la festividad estaba estrechamente vinculada a la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, que ya entonces contaba con el respaldo económico del municipio para la organización de los actos. En aquellas fechas, la imagen que procesionaba no era otra que la de la Virgen del Rosario —la misma que hoy recorre las calles en el Domingo de Resurrección junto a Jesús Resucitado, la Magdalena y San Juan—, rodeando el templo parroquial de San Pedro Apóstol, edificio de origen entre los siglos XV y XVII.

Uno de los elementos más singulares de la celebración era la vela que portaba la imagen mariana durante la procesión. De ella nació una creencia popular que ha perdurado en la memoria colectiva montijana: “Si se le apaga la vela, año de males; si permanece encendida, año de bienes”, una expresión que refleja la fusión entre fe, tradición oral y simbolismo religioso.

A lo largo de los siglos, la Fiesta de las Candelas ha integrado prácticas cargadas de significado espiritual y cultural y ojalá volvamos a conocer actos como el de portar una vela encendida en el templo, símbolo de Cristo como “luz del mundo”, o la presentación de los niños, entendida como la consagración del hogar familiar. También pudiera formar parte del rito la ofrenda de un par de pichones, en recuerdo del pasaje evangélico del anciano Simeón, recogido en el Evangelio de San Lucas (Lc 2, 22-40), episodio representado en una destacada imagen conservada en la parroquia de San Pedro de Montijo.

Hoy, más de doscientos años después de sus primeras referencias documentales, la Fiesta de las Candelas debiera continuar viva en Montijo gracias al compromiso de las parroquias, asociaciones culturales y la participación activa de la comunidad. Una celebración que no solo recuerda el pasado, sino que mantiene encendida la luz de la identidad histórica y cultural del municipio.

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HISTORIA Y MEMORIA DE TORNAVACAS, 2, 2026: EL PUENTE DE SANTA MARÍA EN RUINAS. AGOSTO DE 1939.

HISTORIA Y MEMORIA DE TORNAVACAS, 2, 2026: EL PUENTE DE SANTA MARÍA EN RUINAS. AGOSTO DE 1939.

Puente antiguo de Llanacaozo, de madera, que se encuentra debajo del puente nuevo.

En esta segunda entrega de HISTORIA Y MEMORIA DE TORNAVACAS, viajamos al verano de 1939 para analizar un documento que habla de un puente muy conocido por los tornavaqueños: el de Santa María.

El documento es, concretamente, de agosto de 1939, momento en el que, por desgracia, acababan de comenzar los difíciles “años del hambre”, pues la Guerra Civil había finalizado tan solo unos meses antes (abril) y los recursos que había eran muy escasos cuando no inexistentes. En las casas de los tornavaqueños había lo justo y lo necesario para la subsistencia y los productos básicos (harina, patatas…) estaban racionados. Los ayuntamientos y demás instituciones apenas tenían dinero, circunstancia que obligó a paralizar obras ya iniciadas o en proyecto. La guerra había dejado muchas, profundas y trágicas secuelas y una de ellas fue la ruina económica. En resumidas cuentas, en 1939, cuando Tornavacas contaba con casi 2.000 habitantes, comenzaban unos años difíciles y la escasez fue la tónica general en las décadas posteriores.

Pero volvamos al documento protagonista. En este, firmado por casi una veintena de paisanos, se nos habla de un lugar que ha sido muy transitado desde hace siglos, el puente de Santa María, situado en la ladera de la umbría, por el que diariamente cruzaban decenas de nuestros antepasados. Llamado así por su cercanía a la ermita de Santa María, por él discurre la garganta de San Martín que nace, más arriba, en el valle que lleva este mismo nombre.

Los firmantes del mismo eran vecinos que pasaban por el puente a diario y manifestaban la necesidad de arreglarlo debido al estado de “ruina” en el que se encontraba. Muy seguramente sería un puente en su mayor parte de madera, sostenido con “machones” de piedra –muy similar al antiguo de Llanacaozo–, que también se vería afectado por la crecida de las gargantas de diciembre de 1935. Su reparación era, por tanto, muy necesaria y urgente dado el uso que estos vecinos y otros muchos hacían de él a diario.

Por su interés, transcribimos el documento así como el nombre de los firmantes:

“Sr. Alcalde de esta villa de Tornavacas

Ante Vs. denuncia

Cenón Domínguez Matallanas y los que abajo firman, todos vecinos de las mismas a dicho puente de Santa María, se le denuncia por estar en ruina haciéndole a Vs. presente se sirva nombrar a personas competentes para arreglar dicho puente llamado Santa María lo antes posible evitando que ocurra alguna desgracia.

Es gracia que de Vs. esperamos.

Dios guarde a Vs. muchos años.

Tornavacas a de agosto de mil novecientos treinta y nueve

Firmantes del documento: Cenón Domínguez, Saturnino Hernández, Aniceto Santero, Florencio Santiago, Silvestre Merino, Germán Armella, Eulogio Santiago, Emiliano Bermejo, Blas Sevilla, Julián Lucas, Eulogio Cuesta, Zenón Hernández, Alejo Cuesta, José Jiménez, Francisco González, Severiano Gómez, Antonino Benito y Epifanio Martín.

Escrito enviado al Ayuntamiento de Tornavacas solicitando el arreglo del puente de Santa María

Hoy, cuando ya han pasado casi 90 años de solicitarse este arreglo, el puente de Santa María, ya moderno y reformado hace décadas con materiales mucho más resistentes (cemento, hierro u hormigón) y acordes a estos tiempos, sigue siendo un lugar muy transitado a diario –y, mucho más aún, en época de campaña, por el que pasan cientos de vehículos–, pues sirve para cruzar de un lado a otro la garganta de San Martín y dirigirse a parajes tan destacados como Llanacaozo o los Reboldanos, entre otros muchos.

Hasta la próxima.

La religiosidad popular y las cofradías en la Comarca Emeritense durante la Edad Media y la Edad Moderna

La religiosidad popular y las cofradías en la Comarca Emeritense durante la Edad Media y la Edad Moderna

Cronista Oficial Puebla de la Calzada

El sentimiento religioso del pueblo constituye uno de los rasgos fundamentales para la comprensión histórica de la Edad Media y la Edad Moderna. Durante ambos periodos, la religiosidad impregnó de manera profunda las estructuras sociales, las mentalidades colectivas y las prácticas cotidianas, configurándose como un elemento esencial de la identidad cultural de las comunidades. En este contexto, los pueblos de la Comarca Emeritense ofrecen un marco de análisis especialmente significativo para el estudio del denominado fervor religioso popular, característico de la época.

No obstante, resulta imprescindible señalar que el comportamiento religioso del individuo medieval presenta diferencias sustanciales respecto al del hombre de los Tiempos Modernos, particularmente en lo relativo a las manifestaciones de religiosidad y piedad popular. Estas diferencias responden tanto a cambios en las estructuras sociales y económicas como a transformaciones doctrinales y culturales que afectaron al conjunto de la sociedad.

En el ámbito espacial y temporal que presenta esta breve reflexión, dichas manifestaciones de religiosidad popular encuentran una expresión privilegiada en el surgimiento y desarrollo de las cofradías. Estas asociaciones, que aparecen con relativa prontitud en la Comarca Emeritense, desempeñaron un papel fundamental en la canalización del sentimiento religioso colectivo. Si bien sus fines primordiales estaban orientados al culto divino, no puede obviarse su destacada función social, especialmente en ámbitos como la caridad, la asistencia a los necesitados y el apoyo comunitario.

Las fuentes primarias disponibles permiten abordar el estudio de estas instituciones desde la perspectiva de la denominada Historia de las Mentalidades, una corriente metodológica que se apoya en un amplio y diverso corpus documental. Dichas fuentes se convierten, así, en herramientas indispensables para el historiador, al posibilitar el análisis de las creencias, actitudes y comportamientos colectivos en relación con lo religioso.

Las cofradías no deben entenderse únicamente como asociaciones generadoras de información de carácter religioso o como meros instrumentos de la vida eclesiástica —aunque este aspecto resulte ya de gran relevancia—, sino como entidades con un notable grado de autonomía. A través de su organización y actividades, estas asociaciones ofrecen valiosa información sobre las formas de comportamiento socio-religioso de las comunidades locales, constituyéndose en una manifestación genuina de la piedad y la religiosidad popular en el tránsito del Medievo a la Modernidad dentro de la Comarca Emeritense.

Nuestra interpretación se centra, en una primera aproximación, en localidades de especial relevancia dentro de la comarca emeritense de las que nos iremos ocupando progresivamente. En el caso de Puebla de la Calzada o Montijo, la documentación histórica atestigua la existencia, entre los años iniciales de los siglos XVI y XVII, de diversas asociaciones religiosas, entre las que destacan, la Hermandad de la Cruz, la de las Ánimas Benditas del Purgatorio, la Cofradía de los Santos Mártires y la Hermandad de San Pedro. Asimismo, se constata documentalmente la presencia, ya en el siglo XVI, de devociones tan interesantes en la mencionada comarca como por ejemplo Nuestra Señora de la Carilla, que contaba con ermita propia.

Por su parte, en las localidades de Puebla de la Calzada y Montijo documentan, para los siglos XVI y XVII, la existencia de la Hermandad de la Santa Cruz, la de Nuestra Señora del Rosario y la del Santísimo Sacramento, asociaciones que reflejan igualmente la vitalidad de la religiosidad popular en el ámbito local. El análisis detallado de estas hermandades, aunque en ocasiones los hemos desarrollado siguen abriendo interesantes caminos para nuestra investigación.

Estas manifestaciones de piedad colectiva encuentran un interesante paralelismo iconográfico en representaciones artísticas como el detalle de Disciplinantes de Francisco de Goya (1808-1812), que ilustra la persistencia de determinadas prácticas penitenciales y devocionales en la cultura religiosa española y d nuestra realidad más cercana como Montijo y la Comarca Emeritense igualmente para los siglos XVI-XVII encontramos ejemplos como los de la Hermandad de la Santa Cruz, Nuestra Señora del Rosario y Santísimo Sacramento.

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Desde el pupitre (I): «Yo no canto a la Historia, mucho menos arrastro sus sombras»

Desde el pupitre (I): «Yo no canto a la Historia, mucho menos arrastro sus sombras»

Pablo Iglesias Aunión

Cronista Oficial Puebla de la Calzada

Leer es hoy tan necesario como lo fue siempre, aunque entre nuestros jóvenes se haya convertido, dolorosamente, en una costumbre en extinción. Lo comprobé hace poco, al regresar de las vacaciones, cuando pregunté a mis alumnos cuántos libros habían leído. Las respuestas apenas superaban los dos o tres por aula, y rara vez más de un título por estudiante —cuando ese único libro había llegado, siquiera, a su última página—. El dato, más que sorprender, obliga a pensar.

Y, sin embargo, en ocasiones habría que conceder cierta razón a quien se declara ávido de lectura y, aun así, se siente defraudado. Porque no todo depende del «hábito», sino también de «la oferta»: de a quién se lee y qué se lee. Originalidad o repetición; sustancia o vacío; creación o plagio. Demasiado a menudo se nos sirve lo mismo de siempre, disfrazado de novedad, o se pretende dotar de valor incuestionable a las cosas de ayer solo porque ocurrieron ayer.

Eugenio de Nora (1923–2018), poeta y crítico literario, uno de los nombres imprescindibles de la poesía social española de mediados del siglo XX, filólogo y profesor universitario —como no podía ni debía ser de otro modo, lo de docente digo—, galardonado con el Premio Castilla y León de las Letras en 2001, lo expresó con una lucidez difícil de superar:

«Yo no canto la historia que bosteza en los libros, ni la gloria que arrastran las sombras de la muerte. ¡España está entre nosotros!».

No se trata, pues, de negar la historia, sino de rechazar la historia inerte, momificada, aquella que se repite sin alma y sin preguntas. En esta misma línea reflexiva que apuesta como lo hace Eugenio de Nora, se sitúan historiadores de la talla de Ricardo García Cárcel y José Manuel González Vegas, quienes en su magistral y muy recomendable Breve Historia de España (Espasa, Madrid, 2016) plantean una cuestión tan sencilla como incómoda: ¿debe escribirse la historia de España en singular o, más honestamente, hablar de las historias de los españoles?

Traigo esta reflexión a colación porque asombra la facilidad con la que algunos, al hilo de una noticia aislada tomada de un libro, un anuario, una revista o un periódico, se lanzan a la peligrosa aventura de “escribir” —peligrosa, al menos para quienes creemos que escribir exige responsabilidad— un relato histórico que presentan como erudito. No advierten que reinciden, una vez más, en una invitación al desinterés: una historia exclusiva, enaltecedora y presuntamente brillante, que siempre es la misma. La de los reyes y los héroes, la de la nobleza y el alto clero, la de los poderosos y los señoritos.

Queda fuera de ese relato la historia del arado y la oveja, de los viajes marítimos y la burocracia, de las leyes y los oficios, de los libros —pero de los originales, no de las copias ni de los plagios que pretenden ocultar su condición bajo reducciones y atajos—. Una historia que no alardea, pero explica.

A veces, al leer a estos autores apresurados, uno tiene la sensación de que siguen creyendo que España empieza en los Pirineos y termina en África; que jamás hubo navegantes fenicios y cartagineses, que romanos y musulmanes no pisaron nuestro suelo, que no fuimos ni somos una tierra en constante diálogo con el Oriente Próximo, el mar Egeo o el Mediterráneo central. Lean, lean a García Cárcel y González Vegas. Lean de verdad.

Basta ya de querer hacernos creer que de la nada puede extraerse algo valioso. Basta ya de intentar tomarnos por ingenuos con una retalla que no es más que artillería barata y copiada. La historia —como la literatura— no se honra repitiendo sombras, sino iluminando lo que aún late entre nosotros.

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Madrigalejo conmemora 510 años de su cita con la Historia

Madrigalejo conmemora 510 años de su cita con la Historia

Cronista Oficial de Madrigalejo

Madrigalejo tiene una cita con la Historia cada 23 de enero, para conmemorar la efeméride de los acontecimientos históricos que tuvieron lugar en nuestra localidad en 1516, que hoy cumplen 510 años.

Se cuenta que, en cierta ocasión, un adivino hizo saber al rey Fernando el Católico que moriría en la villa de Madrigal. También se dice que, desde ese momento, el monarca no volvió a pisar Madrigal de las Altas Torres (SANTA MARINA, Luis. Cisneros,1957). Sin embargo, no tuvo ningún reparo en pasar en más de una ocasión por nuestra localidad, aun siendo su raíz primigenia “Madrigal”.

Parece que el monarca no tuvo en cuenta esta predicción cuando, en enero de 1516, viajando con la salud maltrecha hacia Guadalupe, tuvo que hacer un alto en el camino y parar en la Casa de Santa María de Madrigalejo para recuperar fuerzas. Su enfermedad, en lugar de mejorar, se complicó y, con ello, se precipitaron los acontecimientos.

Entre los muros de la Casa de Santa María, tuvieron lugar encuentros decisivos. Al embajador del príncipe Carlos, Adriano de Utrecht, que se presentó en Madrigalejo sin disimular su nerviosismo por intentar cerrar su cometido, el Rey lo recibió tarde y lo despachó a la ligera, sin darle más solución que la promesa de verse pronto en Guadalupe.

Otra reunión, más pausada y atenta, fue la que concertó con tres miembros de su Consejo Real: Galíndez de Carvajal, Zapata y Vargas. Algo le atormentaba al monarca en su fuero interno y, a ellos, pidió consejo. Los escuchó atentamente y lloró, porque sabía que debía hacer prevalecer los intereses de los reinos frente a sus afectos personales. Supo entonces que debía otorgar un nuevo testamento, uno más de los numerosos que había firmado a lo largo de su vida, el último de los cuales fue en Aranda de Duero unos meses atrás.

Sin más espera, llamó al protonotario, Miguel Velázquez Climent, a quien comunicó su decisión. El contenido de sus últimas voluntades no debía ser conocido hasta después de su muerte.

A marchas forzadas, porque el tiempo se echaba encima y el texto no era pequeño, se redactó y transcribió el documento en 14 hojas de pergamino español. Con el tiempo justo, al atardecer del 22 de enero, y delante de siete testigos, el rey Fernando el Católico plasmó su firma en su último testamento, mandó que se cerrase y sellase con su sello, y que no se publicase hasta después de sus días.

Poco después, el monarca entró en agonía y, en la madrugada del 23 de enero de 1516, con el hábito de Santo Domingo, falleció.

Así, a las pocas horas de haberse firmado el testamento donde se custodiaba el futuro de los reinos hispánicos, y ante Adriano de Utrecht, los testamentarios presentes y los miembros del Consejo Real, se abrió el documento para conocer las últimas voluntades del monarca. A partir de ese momento, la unión de reinos con la que soñaron Isabel y Fernando se hizo realidad en la reina Juana y, ante su incapacidad para gobernar, en Carlos I.

Por estos acontecimientos transcendentales, Madrigalejo, una pequeña aldea que contaría con unos 800 habitantes a principios del S. XVI, entró por la puerta grande en la Historia de España y, por las implicaciones con Europa y América, también en la Historia Universal.