MONTIJO. LÁPIDA DE LA VILLA ROMANA DE TORREÁGUILA, SIGLO VI D.C.

MONTIJO. LÁPIDA DE LA VILLA ROMANA DE TORREÁGUILA, SIGLO VI D.C.

Cronista Oficial de Montijo y Lobón

El interior del edificio del Ayuntamiento de Montijo muestra la presencia del hombre en tiempos antiguos en su término. Así lo indica esta lápida sepulcral en la escalera de acceso a la primera planta, procedente de la villa romana de Torreáguila. Alusiva al enterramiento de Maxomma y Dulcisus que fallecieron en la paz del Señor el 28 de abril del año 566 y el 31 de julio de 572. Lápida encontrada en la necrópolis que se levantó al noroeste de la villa en el siglo VI.

Su texto: “Maxomma sierva del Señor que vivió ochenta y un años, descansó en la Paz del Señor el día cuatro de mayo del año seiscientos cuatro (28 de abril de 566). Dulcisus, siervo del Señor que vivió noventa y tres años, descansó en la Paz del Señor el 1 de las Kalendas de agosto del año seiscientos diez (31 de julio de 572). Epundius”.

La inscripción se realizó sobre una pieza de ornamentación de la antigua villa de Torreáguila, una plancha de mármol veteado procedente de las canteras de Estremoz (Portugal). Por su ubicación próxima al río, los cadáveres, colocados de cubito supino con los brazos sobre el abdomen, se encontraron muy deteriorados.

Tesoros de invierno

Tesoros de invierno

Artículo de opinión publicado en El Periódico Extremadura por nuestro compañero Juan Pedro Recio, Cronista Oficial de Tornavacas, en donde destaca el gran valor cultural que tienen las fiestas que se celebran, durante los meses de invierno, en el Valle del Jerte.

Enlace: https://www.elperiodicoextremadura.com/caceres/2026/01/19/juan-pedro-recio-cuesta-cronista-125852736.html

Juan Pedro Recio Cuesta

Licenciado en Historia.

Doctorando en Historia Contemporánea.

Cronista Oficial de la Villa de Tornavacas.

Web personal: http://senderosdelahistoria.blogspot.com.es/

Los Santos Mártires en Montijo y Comarca: memoria histórica, devoción y patrimonio documental

Los Santos Mártires en Montijo y Comarca: memoria histórica, devoción y patrimonio documental

Cronista Oficial Puebla de la Calzada

Entre los años 1999 y 2000, fruto de un acuerdo de colaboración entre la Diputación de Badajoz y la asociación ADECÓM-Lácara, pude publicar un amplio estudio sobre la entonces Comarca de Lácara, estructurado en dos volúmenes. Aquella obra supuso un hito en el conocimiento histórico de la comarca y, de manera particular, en la recuperación de elementos patrimoniales hasta entonces poco conocidos.

El primero de estos volúmenes, titulado Historia de la Comarca de Lácara. Del Medievo a los Tiempos Modernos, incluía en su página 117 la primera referencia publicada a la antigua ermita de los Santos Mártires de Montijo. Este hallazgo fue posible gracias al trabajo de investigación realizado previamente como becario en el Archivo Provincial de la Diputación de Badajoz, donde se tuvo acceso a una abundante y valiosa documentación procedente de la Orden Militar de Santiago, especialmente para la mediación del siglo XVI. La transcripción de estos documentos permitió sacar a la luz datos inéditos sobre la historia religiosa y artística de Montijo.

A partir de ese momento, y dentro de la misma obra, se completó el estudio histórico de la ermita desde el año 1550, incorporando referencias a la devoción a San Fabián y San Sebastián, santos tradicionalmente vinculados a la protección frente a las epidemias. Dicha devoción aparece documentada ya en relación con las epidemias de 1507, lo que evidencia su arraigo temprano en la religiosidad local.

No obstante, la documentación conservada permite retroceder aún más en el tiempo. En 1503 ya se mencionan ambos santos en los altares de la parroquia de San Pedro Apóstol de Montijo, como recoge una visita pastoral en la que se describe:

“…visitose otro altar, de los Mártires, con su imagen pintada en la pared, con unos mandiles y unas sábanas y una cortina…”.

Esta cita enlaza directamente con un estudio previo que presenté en la Universidad de Extremadura, centrado en la pintura tardogótica en la comarca de Mérida (siglos XV-XVI), y que pone de manifiesto la existencia de manifestaciones artísticas de notable interés vinculadas a esta devoción.

Este recorrido histórico sirve también para contextualizar publicaciones más recientes, como la dedicada a la devoción a los mártires en Puebla de la Calzada, y para recordar que el estudio sobre los Santos Mártires de Montijo cuenta con una trayectoria investigadora documentada en los Libros de Visita de la Orden de Santiago (1494-1605), que se remonta desde esta fuente primaria al año 1992, primero desde el análisis del arte gótico y, posteriormente, con las ediciones de 1999 y 2000 de la citada obra comarcal. Dos ediciones hoy agotadas, pero que siguen siendo una referencia fundamental para comprender la historia religiosa y patrimonial de la comarca de Lácara.

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San Fabián y San Sebastián: peste, devoción y religiosidad popular en Puebla de la Calzada (siglos XVI–XVII I)

San Fabián y San Sebastián: peste, devoción y religiosidad popular en Puebla de la Calzada (siglos XVI–XVII I)

Cronista Oficial Puebla de la Calzada

Introducción

Al finalizar el mes de enero, coincidiendo con la festividad de San Fabián y San Sebastián, tradicionalmente conocidos como santos mártires, se abre una oportunidad propicia para reflexionar sobre su significado histórico, su advocación protectora y su profunda implantación en la religiosidad popular de la villa de Puebla de la Calzada. La veneración a estos santos no puede entenderse sin atender al contexto de crisis demográfica, miedo y enfermedad que caracterizó a la Europa moderna, y muy especialmente a la Monarquía Hispánica durante el último tercio del siglo XVI.

Peste y epidemias en la Edad Moderna: la búsqueda de protección

Los siglos XVI y XVII suelen evocarse como el periodo de máximo esplendor del llamado Imperio español, bajo el gobierno de los denominados Austrias Mayores: Carlos I (1516–1556) y Felipe II (1556–1598). Esta imagen de grandeza, simbolizada en la célebre expresión de que “en sus dominios no se ponía el sol”, contrasta profundamente con la realidad cotidiana de amplios sectores de la población.

Lejos de la opulencia imperial, la vida del pueblo estuvo marcada por la precariedad, las crisis económicas y, de manera dramática, por las epidemias de peste. Desde aproximadamente 1570 hasta 1600, Europa occidental sufrió una de las oleadas epidémicas más intensas de la Edad Moderna, que se extendió desde el ámbito otomano hasta las costas atlánticas, afectando con especial virulencia a la Península Ibérica. En los últimos años del siglo XVI, en torno a 1599, la peste se había convertido en una presencia constante y mortífera en amplias zonas de España, incluida Extremadura y la comarca de las Vegas Bajas del Guadiana.

Intelectuales contemporáneos como Martín González de Cellorigo (1570–1620) dejaron testimonio del impacto social de la enfermedad, describiendo cómo “la enfermedad se alborotó… y poco a poco se fue encendiendo…”. En este contexto de incertidumbre y temor, la población buscó amparo no tanto en la medicina —limitada y poco eficaz— como en la protección divina, canalizada a través de la devoción a determinados santos.

San Fabián y San Sebastián: santos protectores contra la peste

Dentro de este marco de religiosidad defensiva destacan San Fabián y San Sebastián, ambos mártires del cristianismo primitivo y tradicionalmente invocados como abogados contra la peste y las epidemias. San Fabián, papa y mártir, fue sepultado en el cementerio de San Calixto, en la Vía Apia de Roma, en el año 250. San Sebastián, tribuno militar del ejército romano, nacido en Narbona hacia 256 y muerto en el 288, alcanzó una enorme popularidad como intercesor frente a las enfermedades contagiosas.

La veneración a estos santos se extendió ampliamente por la antigua comarca emeritense, dejando una huella significativa en Puebla de la Calzada, donde su devoción cristalizó en la construcción de una ermita dedicada a ambos mártires.

La ermita de los Santos Mártires en Puebla de la Calzada (ca. 1600–1798)

Las fuentes documentales de la Orden Militar de Santiago, especialmente las visitas realizadas a comienzos del siglo XVII, permiten situar con bastante precisión la cronología de la ermita de San Fabián y San Sebastián. En el año 1605, los visitadores santiaguistas describen un edificio religioso ya existente, lo que constituye la primera prueba documental de su presencia en la villa.

Todo indica que la ermita fue levantada en el tránsito entre el siglo XVI y el XVII, coincidiendo con los años más duros de la crisis epidémica. Situada extramuros —como era habitual en las ermitas según la normativa santiaguista, para realzar el carácter central de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Encarnación—, el edificio se encontraba en plena fase de construcción en 1605. Sus cimientos eran de piedra y cal, y la contabilidad eclesiástica refleja la adquisición continuada de materiales para su fábrica.

Resulta especialmente significativo que, pese a encontrarse aún en obras, la ermita contará ya con retablo, lo que sugiere un grado avanzado de ejecución y la existencia de culto. En dicho retablo aparecían dos tablas pintadas a pincelcon las imágenes de San Fabián y San Sebastián, reforzando su función devocional y protectora.

Economía, cofradías y religiosidad penitencial

La financiación de la ermita procedía fundamentalmente de las limosnas vecinales, de la gestión de sus propios bienes —entre ellos una vaca y una heralda de un año— y de una administración cuidadosamente supervisada por los mayordomos. En 1604, el mayordomo Bartolomé Rodríguez presentó cuentas que ascendían a 6.534 maravedíes, incluyendo limosnas, legados testamentarios y aportaciones de otras instituciones religiosas.

Destaca la colaboración de la Hermandad de la Santa Cruz, que entregó a la ermita seis reales y cuatro maravedíes como limosna recibida “la noche de la disciplina”. Esta referencia alude al Jueves Santo, cuando la cofradía realizaba procesiones penitenciales con hermanos disciplinantes o flagelantes. Estas prácticas de religiosidad extrema, conocidas como procesiones de sangre, se intensificaban en tiempos de epidemia, cuando la mortandad y el temor reforzaban la necesidad de expiación colectiva.

En los primeros años del siglo XVII, la economía de la ermita alcanzó una cifra notable de 8.900 maravedíes, destinados en buena parte a sufragar las obras del edificio, como consta en los descargos por gastos de construcción debidamente documentados.

Evolución y pervivencia de la ermita

La ubicación extramuros de la ermita se confirma también en fuentes posteriores. En 1797, el párroco de Puebla de la Calzada, Juan Ramos Solís, respondió al interrogatorio del geógrafo Tomás López, señalando la existencia de una ermita “situada al mediodía, con el título de San Sebastián en lo antiguo”, cuya advocación había pasado a incorporar también la de la Concepción.

Este testimonio demuestra la pervivencia y transformación de la ermita a lo largo de los siglos, así como la continuidad de una devoción nacida al calor de la peste y profundamente arraigada en la memoria colectiva de la villa.

Conclusión

La devoción a San Fabián y San Sebastián en Puebla de la Calzada constituye un ejemplo significativo de cómo las comunidades rurales de la Edad Moderna respondieron a las crisis sanitarias mediante la religiosidad, la construcción de espacios sagrados y la organización colectiva. La ermita de los Santos Mártires no fue solo un edificio religioso, sino también un refugio espiritual frente al miedo, la enfermedad y la muerte, reflejo de una sociedad que buscó en la fe la protección que la ciencia aún no podía ofrecer.

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LA ERMITA DE LOS SANTOS MÁRTIRES SAN FABIÁN Y SAN SEBASTIÁN DE LA ZARZA

LA ERMITA DE LOS SANTOS MÁRTIRES SAN FABIÁN Y SAN SEBASTIÁN DE LA ZARZA

Cronista Oficial de La Zarza

El día 20 de enero se celebra la festividad de San Fabián (20º Papa de la Iglesia Católica entre 236-250 d. C.) y San Sebastián (soldado romano, 256-288 d. C.), patrones invocados contra la peste, cuya ermita se encontraba a las afueras de La Zarza, y que con el paso del tiempo, dio lugar a la actual ermita de Nuestra Señora de las Nieves.

Las ermitas son una de las manifestaciones materiales más importantes de la piedad popular. La ermita era un edificio de reducido tamaño, normalmente alejado o a las afueras de un núcleo urbano, en sus ejidos o arrabales. El pueblo acude a ellas en acción de gracias, petición de rogativas y sobre todo en momentos críticos de epidemias, sequías o plagas, como lo harían los zarceños de los siglos XVI y XVII. El origen, por tanto, de las ermitas y de su culto, nace de la incapacidad del ser humano para comprender lo que para ellos no tenía explicación lógica o científica.

A partir del siglo XV se desarrolla un progresivo culto a los santos, al sentir el pueblo la necesidad de tener protectores contra los males que le afligen. Es entonces cuando esta devoción directa entre el pueblo y los santos se refuerza, materializándose muchas veces en la construcción de una ermita. Así ocurrió en La Zarza con la ermita de San Fabián y San Sebastián. De igual modo, cuando esta devoción desaparece, las ermitas se abandonan o se transforman, como nuestra ermita que pasa de la devoción de los Mártires a la de la Virgen de las Nieves.

La ermita de los Santos Mártires de La Zarza

El edificio se comenzó a construir a finales del siglo XV, según las noticias obtenidas de las Visitas que la Orden de Santiago realizó a La Zarza.

En 1494 va a comenzar su edificación, pues “están juntos todos los materiales para ello” ya que “hermita en este lugar ni en su término no la ay, salvo los cimientos de una que el concejo comienza agora a haser”. Ya se habría elegido al maestro de obras y comprados los materiales por parte del mayordomo, que solían ser materiales baratos y abundantes en el entorno, como piedras, ladrillos y sillares para esquinas y portadas.

En 1498, la ermita tenía construidos dos arcos de ladrillo cubiertos de madera tosca y teja. No poseía propios para satisfacer sus gastos públicos, sino que se mantiene con las limosnas de los fieles. El mayordomo, Juan Bravo, era el encargado de la administración de los gastos de la cofradía religiosa y de su funcionamiento.

En 1503 era su mayordomo Toribio Hernández.

En 1508, la ermita es una capilla de dos arcos, que no tiene ninguna imagen porque se “blanqueaba” (esto indica que la ermita estaba enjalbegada, o que ya existían representaciones pictóricas de los Mártires y que al encalar las paredes las hubiesen tapado. Este blanqueo puede ser fruto de alguna epidemia de peste, uno de cuyos remedios era utilizar la cal como desinfectante). Era su mayordomo Alonso Martín.

Los visitadores de la Orden de Santiago decretaron un mandato al mayordomo: que Pedro Nieto, oficial o maestro de cierto renombre en la comarca de Mérida, pintase las imágenes de San Sebastián, San Fabián y San Blas de “buena pintura”, apalabradas con el pintor por 2.200 maravedíes. Las “pinturas” o cuadros se realizarían al óleo sobre lienzo, con una altura de 10 palmos (unos 2,10 m.) y una anchura de 6 ó 7 palmos (entre 1,25 y 1,45 metros) que en 1511 ya habrían sido finalizadas. Sería un retablo sencillo y de modestas proporciones, que daría solemnidad al altar, donde la figura de San Sebastián estaría en el centro, vestido como un caballero con su espada y “buenas ropas de colores” y “la ropa de las tres imágenes sean finas; doradas las diademas, cenefas y mitra” (no es la imagen prototípica de San Sebastián que estamos acostumbrados a ver, en la que aparece semidesnudo con las manos atadas a un árbol y cubierto su cuerpo de saetas en recuerdo de su martirio, como la escultura de San Sebastián que se ubica en un altar lateral de la posterior ermita de las Nieves). Se proporcionará al pintor la madera y los lienzos. También mandaron, ya que la ermita tenía dinero, se construyera el cuerpo de la nave de tapia de piedra y lo demás de tapia de hormigón con sus “rafas” o pilares de ladrillo.

En 1515, tenemos una capilla de dos arcos blanqueada, con vigas de madera que sujetan los cañizos sobre los que se asientan las tejas. En el altar, un retablo pintado en lienzo con las imágenes de los Mártires. Era el mayordomo Gonzalo Martín. Las limosnas y los cultivos de secano, sobre todo trigo y cebada, fueron las principales vías de financiación de la ermita en estos primeros tiempos. Los visitadores mandaron que continuasen las obras y que se vendiese el trigo y la cebada cuando su precio fuese más elevado, cuyo importe también se destinará a la obra.

En 1550, la ermita es de mediano tamaño, con una capilla cubierta de madera de pino, donde hay un altar con un retablo de madera pintada con las tres imágenes (San Sebastián, San Fabián y San Blas). El mayordomo fue Martín Alonso.

En 1556, la ermita es mediana, de una nave sobre cuatro arcos de ladrillo, que supone cinco tramos, cubierta a caña junta sobre cuartones de pino y cabrios, con una capilla mayor redonda maderada de pino, por lo tanto la cabecera es semicircular siguiendo la tradición romana, y suelo de cal. Tiene un altar al que se sube por tres peldaños, con un retablo con las imágenes sobre lienzos. El mayordomo fue Pedro Alonso.

En la Visita de 1604 se señala que la ermita se encuentra en el “ejido ansarero”, terrenos públicos no cultivados donde los vecinos soltaban los patos u otras aves de corral. La ermita tenía la puerta orientada al mediodía o sur (a la actual calle de la Virgen), el cuerpo estaba sobre cuatro arcos de ladrillo que descansan en los muros laterales y sustentan la techumbre, cubierta de madera tosca, cabrios y cañizos. La capilla estaba cubierta de madera de pino a manera de artesones, accediendo a la capilla por tres gradas, con un retablo pintado donde están San Sebastián y San Fabián. Las puertas se conservaban en muy buen estado.

En definitiva, se trataba de una sencilla construcción rectangular de una sola nave con escasa iluminación, sobria en cuanto a su volumen, con sentido útil del espacio, con escasa presencia de elementos decorativos, en definitiva, arquitectura popular. Sebastián Sánchez fue el mayordomo en 1604.

No tenemos noticias de cómo se celebraban y en que consistían las fiestas en honor de San Sebastián y San Fabián el 20 de enero, pero sí sabemos que el mayordomo pagó diez reales a dos mujeres para arreglar y adornar la ermita para el día de los Mártires.

Un siglo después, por Cédula Real del rey Felipe V, fechada en Madrid el 20 de diciembre de 1726, se autoriza la construcción de la actual ermita de Nuestra Señora de las Nieves sobre la antigua de los Mártires, finalizando las obras en 1730.

FESTIVIDAD DE LOS SANTOS MÁRTIRES

FESTIVIDAD DE LOS SANTOS MÁRTIRES

Cronista Oficial de Montijo y Lobón

Los mártires Fabián y Sebastián fueron santos muy venerados en Extremadura. Protectores contra la peste, plaga muy frecuente y extendida en la Edad Media. Las terribles epidemias de peste de comienzos del siglo XVI, en especial la de 1507 que diezmó considerablemente la población, hicieron invocar de nuevo la protección de estos santos con la construcción de santuarios a ellos consagrados. Lobón, Puebla de la Calzada, Torremayor y La Garrovilla tuvieron ermitas dedicadas al culto de los Mártires.

Los visitadores de la Orden Militar de Santiago, en 1550, son quienes escriben las primeras noticias sobre la ermita de los Mártires, siendo la historiografía local la encargada de estudiarla. Para que nuevamente las fuentes documentales pormenoricen en el libro de cuentas de la cofradía, años 1734-1828, las vicisitudes de la misma. Los Mártires padecieron las secuelas del terremoto de Lisboa, teniendo que descomponer la ermita, siendo trasladadas las imágenes a la parroquia de San Pedro, hasta que finalizaron las obras y el cura párroco reconociéndolas encontró la ermita decente. Después llegó la borrasca desamortizadora de Mendizábal que desestabilizó el culto y el patrimonio.

Tras la demolición de la ermita de Montijo, a finales del XIX, en los años ochenta del pasado siglo eran visibles en el patio de la casa del núm. 15 de la calle Muñoz Torrero, restos de cimentación y un muro de la ermita. Hoy testimonia su recuerdo la calle que lleva su nombre, cercana a ella.

Con el paso de los años el barrio de El Cotorrillo, donde estuvo la ermita, fue derivando en El Bayonal, debido al bayón (Typha latifolia) que se criaba en los charcos de la zona, entre ellos el llamado de la Rosa. Sería conveniente que el Ayuntamiento informara en un monolito sobre El Cotorrillo y la ermita de Los Mártires, para que perviviera así su memoria.